El emprendimiento es una actividad creativa que nace de la iniciativa del ser humano impulsado por el ánimo de trabajar productivamente y con la intención de alcanzar un propósito definido. Esto implica tener claridad sobre el principal objetivo que se busca y saber que para llegar a él es necesario avanzar progresivamente conquistando una serie de metas parciales en el camino.
La estrategia es el plan general que define el método y el modo con que se propone alcanzar ese objetivo central, mientras que las tácticas son los mecanismos que se utilizan para llegar a las metas parciales.
La mentalidad constituye la forma de pensar, el ánimo con que se asume cada desafío, el modo de evaluar las circunstancias, la disposición para comprender los sucesos, la perspectiva desde la que se aborda los problemas, la manera de tratar a los elementos, los mecanismos con que se combinan los diversos factores y la actitud que se adopta frente a los incidentes.
No todas las mentalidades son iguales, unas se caracterizan por su visión amplia y de largo plazo, mientras otras se limitan al mediano o al corto plazo. Las primeras organizan el trabajo y disponen de los recursos de tal manera que contemplan los requerimientos presentes y futuros, en tanto que las inmediatistas se circunscriben a las exigencias del día a día.
De una manera enfrenta la vida el optimista y de otra el pesimista. Para el primero cada día es una oportunidad para progresar y ser exitoso, mientras que para el otro cada jornada le parece un castigo, una fatalidad y hasta una desgracia. El optimista cultiva con esmero su predisposición a encontrar el lado bueno de las cosas, mientras el pesimista solo se fija en las carencias e inconvenientes. Para el optimista cada nuevo amanecer significa la posibilidad de desarrollar su talento, fuerza y habilidad, mientras que para el pesimista todo de antemano ya viene con el signo negativo del fracaso y la pérdida.
La mentalidad estratégica se caracteriza por su amplitud para mirar “alto y a lo lejos”, en la firmeza para perseverar con decisión en el compromiso de vida para trabajar duro por el objetivo, en la destreza para encontrar el cómo y el por dónde avanzar, y en la habilidad para acumular fuerzas y sumar amigos que le permitan incrementar su poder y acrecentar su potencial.
El emprendedor necesita desarrollar una mentalidad estratégica que simultáneamente vea con claridad el objetivo principal y las metas parciales que debe superar. No se trata de lo uno o lo otro, sino de comprender que para alcanzar el propósito general es imprescindible conquistar las metas que son como los peldaños de una escalera.
La estrategia y la táctica que se diferencian por el plazo que abarcan y por el objetivo que buscan, en cambio se asemejan porque en el fondo las dos consisten en buscar el ¿cómo? y el ¿por dónde? avanzar al menor costo y con los mejores resultados. En esto se distinguen los emprendedores lo mismo que los generales en la guerra. Mucho depende de la mentalidad estratégica.
Estrategias equivocadas han determinado la derrota de enormes ejércitos y la quiebra de gigantescas empresas. Estrategias acertadas han hecho posible que pequeños ejércitos triunfen y que microempresas se conviertan en gigantes consorcios empresariales.
Siempre hay un camino propicio, pero no siempre lo encontramos, porque nos asustamos ante la magnitud de los obstáculos o la apariencia espantosa de los problemas que a veces asoman como monstruosos abismos insalvables o terribles conflictos insolubles.
Quienes no cultivan una mentalidad estratégica que les permita imaginar el modo de superar los problemas inmediatos y avanzar creativamente hacia las metas, fácilmente caen en la desesperación. Es preciso tener presente que la mayor parte de problemas que el ser humano enfrenta en su vida son consecuencia de sus propias equivocaciones, pues, la suma de errores cometidos a la corta o a la larga le pasan la factura y se presentan como amenazas, conflictos, complicaciones y aprietos. El atajo más cómodo es culpar de los problemas a los demás y declararse víctima para provocar compasión y pena. Pero esa es la peor forma de evadir los problemas y escapar de la realidad.
El emprendedor debe cultivar todos los días su mentalidad estratégica porque solo ella le permite contemplar la realidad desde arriba como si estuviese en la cumbre de una montaña. Desde esa perspectiva, en lugar de sobredimensionar las dificultades o subestimar los obstáculos, se reconoce las cosas como son y se da a cada elemento la importancia que en verdad tiene. Si se ve todo el horizonte y se enfoca en el objetivo fundamental, no se distrae la atención en insignificancias ni se desperdician recursos en distracciones insustanciales. Se atiende lo importante sin dejar de considerar lo apremiante.
Planificar estratégicamente es identificar los objetivos de largo, mediano y corto plazo, es programar los tiempos y precisar las metas de cada etapa; es prever con oportunidad los recursos y contar con las herramientas indispensables para no verse apurado por las urgencias de última hora; es armonizar los propósitos con las energías disponibles, sin confundir lo deseable con lo posible, para no caer en las frustraciones que llegan con los desengaños.
La mentalidad estratégica sabe que la exigencia de planificar no se opone a la necesidad de desarrollar la capacidad de improvisar, porque siempre hay que combinar de manera simultánea y paradójica la razón con la intuición. El emprendedor se caracteriza por estar “siempre listo” para actuar conforme lo planificado y al mismo tiempo improvisar, porque sabe que la realidad es certidumbre e incertidumbre a la vez.
La mentalidad estratégica al mismo tiempo que planifica, actúa y está lista a improvisar pero también evalúa cada día los resultados, corrige todo lo necesario y reprograma sus acciones. Se puede cambiar de tácticas cuantas veces sea necesario pero es preciso mantener firme su orientación estratégica.
César Alarcón
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