SEn noviembre pasado, los medios de comunicación informaban que la población del género humano había alcanzado la increíble cifra de ¡7 mil millones!, es decir casi tres veces el número de habitantes que tenía el planeta en 1950: 2.500 millones.
Este ritmo de incremento imparable de la población humana se produce a partir de 1750, cuando según los expertos demógrafos, había en la tierra unos 750 millones de personas. El año 1850 la población llegó a un mil veinte millones y hace una década, ya éramos ¡6 mil millones!
Pero, ¿siempre fue así? De ninguna manera: siendo la población humana una unidad de evolución, se distingue por perdurar en el tiempo, más allá de la fugacidad de nuestra existencia individual, y en ese período, sin duda prolongado, se ha acumulado una sustancial variabilidad genética.
Sin embargo, no siempre nuestra especie fue populosa y en el curso de la historia, no solamente numerosos pueblos desaparecieron, por diversas causas, sino también varias especies del género Homo, se quedaron en el camino, como Homo habilis, H. ergaster, H. erectus, H. neanderthal y H. sapiens (Hombre de Cro Magnon), nuestro ancestro más directo y próximo en el tiempo.
Hace unos 4’400.000 años atrás, en el territorio de la actual república de Etiopía, vivía un hominino, llamado Ardipithecus ramidus, que tenía la facultad de la bipedación y un cerebro de unos 350 a 400 cc, es decir bastante similar al de un chimpancé, nuestro inteligente primo-hermano. Lo cierto es que los paleo antropólogos, en su mayoría, admiten que se trata de un verdadero ancestro del ser humano.
Por las investigaciones llevadas a cabo, se admite igualmente que el Ardipithecus fue el antecesor más próximo del Australopithecus. Estas especies, de la familia Hominidae, sub- familia Homininae y tribu Hominini, vivían en los bosques africanos, durante el Pleistoceno, en pequeños grupos que probablemente no sobrepasaban los 100 ejemplares.
No obstante, ya con el Australopithecus y con el género Homo más antiguo, se produjo un extraordinario viraje en el proceso de la evolución: no solamente que andaban regularmente en dos extremidades, sino que a las hembras de estos representantes de la tribu Hominini, se les estrechó la vagina y dejaron de tener períodos de celo, por lo que las parejas pudieron mantener relaciones sexuales durante todo el año, lo que desembocó en un proceso extraordinario: ¡tuvo lugar el surgimiento de la familia (Cf. Abraham Ronén. La Transición del Paleolítico Bajo al Medio y el origen del Hombre Moderno. Haifa, 1980). ¿Qué era lo realmente fundamental en el surgimiento de la familia? ¡La protección de la prole, especialmente a cargo de la madre, en la edad de mayor peligro!, lo que aseguraba su supervivencia y después, la consiguiente prolongación de la especie en el tiempo.
Otro destacado investigador, el zoólogo Desmond Morris (Cf. El mono desnudo, 1995), señala que en el curso de la evolución de los homínidos ¡se produjo la traslación hacia adelante del canal vaginal de la mujer!, lo que explicaría la cópula de frente, como fundamental en nuestra especie, aunque se considera que los australopithecus sí copulaban originalmente de atrás.
Pero para el caso que nos interesa, en razón de estos cambios sustanciales, exclusivamente el ser humano puede mantener relaciones con frecuencia, ¡durante todo el año!, inclusive cuando la mujer ha interrumpido sus ciclos menstruales y puede encontrarse en los primeros meses del estado de gravidez. En cambio los demás mamíferos, sean salvajes o domésticos, de cualquier especie, incluyendo nuestros primos-hermanos, los inteligentes chimpancés, en peligro de extinción, ¡jamás pueden aparearse si pasó el estado de celo!, por manera que la reproducción en los animales se encuentra restringida a ese período.
Por lo tanto, estos cambios fundamentales, permitieron no solamente que surja la familia, como hemos anotado, sino que propiciaron que gradualmente se incremente la población, al “liberarse de sus amarras” tanto la actividad sexual, como el divino Eros.
Asimismo el extraordinario desarrollo intelectual –somos primates excepcionalmente encefalizados, suele decirse-, tuvo una importancia decisiva, porque mientras la reproducción en los animales está sujeta estrictamente al papel hormonal e instintivo, en el Homo sapiens juegan un papel sumamente importante los elevados sentimientos, las emociones, merced al desarrollo de los hemisferios cerebrales; en este caso, particularmente del derecho, en donde se encuentran los centros de la imaginación, de las facultades sobre el arte musical, estéticas, que nos permiten apreciar un rostro bello, una figura escultural, los atributos morales, intelectuales, pudiendo “monitorearse” nuestras emociones, todo lo cual nos convierte en “cautivos” de Eros y nos posibilita hacer el amor en determinadas condiciones.
Un tercer factor para que hayamos llegado a los 7 mil millones, fue el surgimiento de la agricultura y la ganadería, pero ya en tiempos del Neolítico, con el papel protagónico de las mujeres, que tenían a su cargo la selección de semillas, el cultivo de las plantas útiles en los precarios huertos, el cuidado del ganado domesticado, la preparación del sustento diario y la protección de la prole, mientras los varones iban de caza, de pesca y de recolección de frutos, bayas y tubérculos comestibles. En una obra altamente profesional, “De la Edad del Hielo a la Civilización” (Ed. Océano, MMIV), se demuestra el vertiginoso incremento del número de habitantes a partir del surgimiento de los pueblos de agricultores.
Estas son las claves que han desatado esa tempestad demográfica, más conmocionante que la misma tormenta de la teoría de la evolución de ese insigne sabio que fue Charles Darwin.
Marco Robles López |