La realidad es infinitamente más rica que cualquier teoría filosófica o científica. En la realidad tan válida es la ley de la causa y el efecto, como la casualidad y la suerte que no responden a ninguna programación. Los cambios fluyen todo el tiempo y en todos los ámbitos, y si bien unos son previsibles otros son completamente inesperados.
La mentalidad del emprendedor es una mentalidad abierta, no se restringe a lo establecido ni a lo planificado, su creatividad rebasa lo meramente convencional.
El emprendedor no confunde las expresiones: “ser apto” con “adaptarse”. A pesar de sonar parecidas tienen significados completamente opuestos: Apto es quien tiene las cualidades, la voluntad, el talento y la energía para desenvolverse con solvencia en cualquier circunstancia que le corresponda actuar. En cambio, adaptarse quiere decir: acomodarse, adecuarse, conformarse, acoplarse, aclimatarse.
El apto es innovador, desafía la rutina, va más allá, descubre recursos, desarrolla iniciativas, aprovecha la oportunidad, es proactivo y propositivo. En cambio, quien se adapta se limita a dar respuestas convencionales, no se atreve a cuestionar lo existente, se limita a cumplir órdenes, se siente bien con la rutina y se mueve por inercia.
La sociedad moderna pone a prueba la capacidad del ser humano. Quienes tienen tendencia a adaptarse terminan en cualquier escritorio burocrático. Quienes son aptos para asumir riesgos y desafiar las dificultades, emprenden en acciones valientes y audaces.
Adaptarse es fácil, solo hay que informarse de la reglas y las prohibiciones, para no quebrantar las unas ni ir más allá de las otras. Ser apto significa buscar lo nuevo, atreverse a intentar lo que a otros atemoriza, plantearse objetivos intrépidos, fijarse metas atrevidas, jugarse lo poco o mucho que hasta ahora haya alcanzado. Ser apto significa ser audaz sin ser temerario, tener coraje sin caer en lo insensato, perseverar sin convertirse en necio o impertinente.
Quien es proclive a adaptarse, siempre se asusta con los cambios repentinos, se desconcierta ante lo casual y se atemoriza frente a lo inadvertido. En cambio el emprendedor es apto para improvisar y para moverse con agilidad ante lo sorpresivo. Confía en sí mismo y se lanza hacia delante sin dudas ni recelos. Las suspicacias no le detienen, ni las aprensiones le acobardan. Sabe que “la pelea es peleando” y que “en el camino se arregla la carga”.
El emprendedor no exige el 100% de seguridades antes de dar su primer paso, porque sabe que en la vida nada es absolutamente seguro. Cierto que siempre se requiere un mínimo de precauciones, reservas y provisiones. Pretender más cautela de lo razonable, es paralizar el proyecto y renunciar por adelantado al éxito. Siempre hay una dosis de riesgo, siempre hay un legítimo espacio para la improvisación.
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