En el debate sobre el germen del emprendimiento, algunos sostienen que el ser humano es un emprendedor por naturaleza, otros piensan que lo hace obligado por la necesidad. Cualquiera que fuese la conclusión no resta mérito a quien pone en juego su coraje, voluntad e iniciativa. Cualidades latentes en un joven, ya, padre de familia a quien la vida le exigió desde muy temprano y que por alguna feliz casualidad lo vimos crecer, su nombre es Juan Carlos Astudillo Curicho, nacido en Quito el 6 de febrero de 1980.
Carmen Amelia Curicho y Ángel Astudillo fueron sus progenitores aunque una sola vez habló con el padre, a los nueve años de edad, “sinceramente no me hizo falta porque a Dios gracias, mamá fue padre y madre”, cuarto entre seis hermanos… “recuerdo que los mayores contribuían trabajando en la construcción, lo cual no me gustaba, pero tenía que colaborar también, entonces a los ocho años empecé a limpiar zapatos “. Cierto día, del año 88, con esa valentía que Dios destina a los niños que deben ganarse la vida, ingresa a la casa colonial de la Venezuela y Oriente, entonces, matriz de la Fundación Ecuatoriana de Desarrollo. Su afán de trabajo y un cierto halo de dignidad de quien sabe que su acción es honrada, pronto mereció el cariño y confianza de los funcionarios de la FED, Entidad pionera en desarrollo micro empresarial. Vivaz y altivo, el chico se entera de los servicios que presta la institución (crédito, capacitación y asesoría para micro empresas) e inmediatamente empezó a hilar un sueño. Un lunes muy temprano acudió como todos los días, apoyando su pequeña estatura en el cajoncito de betún pero sus ojos miraban insistentes a una oficina, abordó al Director de la Fundación solicitando un crédito para instalar un puesto de caramelos en el patio de la misma institución… “Se sorprendió pero no me dio la espalda, firmó el pagaré como garante y me otorgó un crédito de diez mil sucres para cancelar mil semanales”, recuerda. Con el puestito de caramelos, un par de añitos más y su gran voluntad, Juan Carlos despierta al mundo de los negocios vendiendo gorras, camisetas y otras prendas deportivas, manejando adecuadamente su línea de crédito hasta que la cajita de caramelos fue parte del pasado. A los dieciocho años cumple uno más de sus sueños, la FED lo contrata para el cuidado de un local donde ejecutaba un proyecto productivo con máquinas computarizadas, encargo que cumple con gran responsabilidad, aprende a diseñar y bordar con maestría, asumiendo por tanto nuevas funciones. Prefirió el horario nocturno para continuar sus negocios el día, así amplía cada vez más el abanico de productos, especialmente de temporada, como carnaval o día de la madre. “Para vender siempre hay miedo y vergüenza pero uno empieza a hablar, se ve las ganancias y se aprende a sumar y multiplicar. Se les pide a los distribuidores que den una mano para invertir poco a poco, se vende y se pide más productos”, dice con la fuerza de la experiencia.
Sobre las obligaciones del hogar, constituido con Geovana Gualotuña y sus dos hijas, Jhoselyn y Karen, afirma con una sonrisa picaresca “no ha sido cosa del otro mundo, pero agradezco a la FED donde aprendí la responsabilidad”.
El año pasado pierdió el trabajo en relación de dependencia por cierre del proyecto y paradójicamente fue la oportunidad para consolidar al empresario forjado desde la niñez. Su liquidación y algunos ahorros constituyen el capital semilla de JC Bordados, su actual empresa, que la atiende y desarrolla con esmero en compañía de Geovana para bordar y vender variedad de productos: camisetas deportivas de modelos actuales, especialmente de la Liga de Quito, llaveros, gorros, vasos, jarros entre otro muchos artículos, “ hacemos cambalache con proveedores, ofrecemos servicio de bordado en nuestros productos o sobre pedido y al por mayor, incluso asumo contratos grandes para proveer uniformes”, explica con toda propiedad. “La visión es seguir creciendo, comprar otra bordadora y una casa en el sector, pues los arriendos no dejan trabajar en paz”.
Le gustaría que sus hijas se integren algún día para seguir todos juntos, “sería una gran experiencia ya que trabajar en una micro empresa familiar no es tan difícil. En el mercado se ve a la competencia, cuando queda mal o brinda mala calidad, se aprende en el mercado, agregando servicios para satisfacción del cliente, cortar los hilos de remate o el pelón que va al revés del bordado por ejemplo” comenta, mientras escucha con atención la expresión de su madre… “me siento feliz y le doy gracias a mi Dios porque es un muchacho bueno, que no me ha dado que hacer sino que me solventó con su trabajo, él sintió la soledad mía y mi sufrimiento”. Juan Carlos Astudillo se siente orgulloso de su origen y lo que ha logrado gracias al esfuerzo propio, aspira ser un ejemplo de emprendedor para sus hijas.
JC Bordados, Av. América N17-258 y Santiago, Telfs. (02) 3 215 599 / 094 838 942 - Quito - Ecuador
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