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Mitología Aborigen

Resulta muy difícil rastrear el origen mitológico con el que iniciaría la literatura ecuatoriana; al parecer, entre conquistas y saqueos, nuestras raíces se sincretizaron y su cosmogonía inicial fue difuminándose con el paso de la historia. Lo más fácil, en este punto, es ‘pertenecer’ a los conquistadores: Incas. Pero, ¿dónde quedan los testimonios de las culturas que poblaron nuestras tierras antes de las conquistas? Me refiero, por ejemplo, al mundo Shuar, Huaorani, Chachi, Záparo, Cofán, Siona-Secoya, Tsáchila.

La comunicación y perpetuación del pensamiento, literatura y cosmovisión de las culturas que se desarrollaron en nuestro territorio fue oral, al igual que en el inicio de las grandes civilizaciones orientales y occidentales; sin embargo, nuestros antecesores afrontaron varias derrotas, enfrentamientos entre culturas vecinas y, a mayor escala, la debacle causada por los españoles. No hubo aquí un visionario como Bernardino de Sahagún quien recoja los testimonios o un Pisístrato que compendie la mitología oral; así, abandonado quedó un paradigma cultural que hubiese podido sumarse a los ya investigados.

Los mitos puros —escribe Abdón Ubidia— sólo funcionan en plenitud, en el seno de las denominadas “sociedades primitivas”, ajenas por completo a la noción de progreso y que tienden a permanecer en sí mismas, sin modificarse. La concepción mitológica del mundo es un medio de explicación para los ‘fenómenos’ que no pueden comprender y que sólo encuentran explicación desde una perspectiva mágica; donde el sacerdote era el artista que se comunicaba con los dioses y el portador de la divinidad. A través de los mitos, el lector se acerca a las explicaciones que nuestros ancestros dieron a la creación de la tierra, de la mujer, la presencia irrefutable de la muerte, las canas (Siona-secoya), etc.; un viaje en el tiempo desde el cual volvemos a lo inicial, donde la magia ronda el pensamiento humano. Manuel Espinoza Apolo menciona que los mitos expresan el continuo proceso de aprehensión del mundo por parte de una colectividad determinada, por lo que representan la manifestación más palpable de su cosmovisión y sabiduría.

El pensamiento de los záparos, para quienes el mundo es un círculo dividido en tres partes, recuerda a los mitos hebreos, griegos, egipcios. No se tiene total certeza si los mitos se sincretizaron con la venida de los españoles o si perduró su cosmovisión inicial; pero no sólo en los záparos se encuentra esta división tripartita, sino también en el mundo siona-secoya, cofán, achuar, huaorani, shuar. Es harto sabido que existe en la mayoría de las civilizaciones un relato referente al diluvio universal; en las culturas cañari, huaorani, quijos, shuar y tsáchila es narrado este acontecimiento, desde diferentes paradigmas, cada cual aportando con sus elementos culturales característicos, por ejemplo los huaoranis —quienes conciben el diluvio como descuido y desobediencia del hombre—: Un hombre debía cuidar el canal por donde pasa el agua; pero un día lo abrió y el agua desbordada produjo la inundación. De igual forma, dentro de la cosmogonía Tunibamba, el mundo es creación del hijo de Dios que desobedeció al Padre: Las estrellas vienen de Taita Diosito, Dios Hijo pidió al Taita que le regalara este mundo, el Taita se negó, pero igual vino y sin permiso creó todas las cosas. Como los enemigos le perseguían en su tarea de crear, Dios Hijo se convertía en animal, en borrego, en gallo para esconderse y así creó los animales.

La creación de la mujer en la cultura shuar puede tomarse como una perspectiva diferente de los mitos que se conocen al respecto, una contribución a la literatura universal: Kunchikiai comenzó a tratar a un niño como si fuera una mujer. Luego le puso como vagina una pepita babosa llamada nukaip, y formó los senos con dos naranjillas gruesas llamadas muntsú. Esta metamorfosis a partir del hombre, como explicación a la creación de la mujer, está presente también en un mito de los cofanes: En el tiempo inicial no había mujeres, sólo tres hombres. Uno se fue a la selva a cazar y los dos se quedaron en la casa. Uno de ellos hizo de mujer y tuvieron relaciones. “Después se sentaron uno al lado de otro. Cuando el que hizo de hombre se volteó, vio que el otro se había hecho mujer”.

Gracias al trabajo de algunos investigadores se han podido rescatar varios elementos perdidos en el olvido pertenecientes a las culturas ecuatorianas. ¿Tiene real importancia dedicar una vida a la investigación de estas culturas? ¿Es justo silenciar a los más pequeños frente a los más grandes? ¿Son las pirámides egipcias de mayor importancia histórica, artística y cultural que las pirámides nubias, mayas, aztecas o que las pirámides de Java? Lévi-Strauss ha respondido a las preguntas antes formuladas con una frase que se encuentra en su libro Antropología estructural: “los hombres siempre han pensado igualmente bien”; oponiéndose de manera tajante a la propuesta de Lévy-Bruhl que establecía al pensamiento mitológico “como una etapa de la historia del pensamiento humano, expresión de formas prelógicas o infantiles”. Oswaldo Encalada Vásquez menciona al respecto que “cada cultura ve —y conceptúa— el mundo de acuerdo con sus patrones culturales y sus necesidades propias”. Por lo tanto todas las culturas tienen riqueza y valor propios, como cada persona, también, importa como individuo.

En la cultura maya, antes del interés de algunos científicos —menciona Nikolai Grube—, nadie sabía nada de las grandes ciudades, nadie conocía los nombres de los viejos reyes; pero a partir del vehemente interés de antropólogos, sociólogos, historiadores sacaron de la oscuridad una de las civilizaciones más importantes de la humanidad. Si bien es cierto, las culturas que se desarrollaron en el territorio ecuatoriano fueron mucho más pequeñas, eso no resta importancia ni riqueza de pensamiento, la sabiduría que pudieron tener sus sacerdotes, los ritos que seguramente realizaban. ¿Por qué no emprender la búsqueda de lo que somos o, más precisamente, fuimos?

Santiago Peña B.


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