El Renacimiento, que abarcó desde el siglo XIV hasta el XVI, constituyó uno de los más grandes procesos revolucionarios que tuvo lugar en Europa.
Fue una auténtica revolución porque encarnó grandes virajes y avances en todos los ámbitos de la cultura. F. Engels, el fiel compañero de C. Marx, con esa brillante y erudita pluma de la que estuvo dotado, manifestó lo siguiente: “En los manuscritos salvados en la caída de Bizancio, en las estatuas antiguas excavadas en las ruinas de Roma, un nuevo mundo –la Grecia antigua- se apareció a los atónitos ojos de Occidente. Los espectros del Medievo se desvanecieron ante aquellas formas luminosas; en Italia se produjo un inusitado florecimiento del arte, que vino a ser como un reflejo de la antigüedad clásica y que jamás volvió a repetirse. En Italia, Francia y Alemania nació una literatura nueva, la primera literatura moderna” … “Los límites del viejo ‘orbis terrarum’ (Círculo de la Tierra. M. R.), fueron rotos; sólo entonces fue descubierto el mundo, en el sentido propio de la palabra, y se sentaron las bases para el subsecuente comercio mundial…”(F. Engels. Introducción a “La Dialéctica de la Naturaleza”, 1875).
El Renacimiento significó una situación inédita: un cambio radical sustituía al dominio secular de la escolástica, de la cultura medieval, de viejos prejuicios de todo orden que señorearon durante el feudalismo. Se trataba, pues, de un avance excepcional del pensamiento filosófico, precedente de esa otra gran transformación que surgió en Europa durante el siglo XVIII, conocida como Ilustración.
Por esta razón el enciclopédico F. Hegel, en su obra realmente monumental, “Lecciones sobre la historia de la filosofía”, en tres tomos, dice al respecto: “Este despertar de la mismidad del espíritu trajo consigo el renacimiento de las artes y las ciencias de la antigüedad, lo que en apariencia era una recaída en la infancia, pero en realidad una exaltación propia al plano de la idea, el movimiento propio a partir de sí mismo, ya que hasta ahora el mundo intelectual era más bien algo dado” (Cf. F. Hegel. Op. Cit. Tomo III, Lección III).
Sin embargo, no todos los pensadores reconocen como Hegel o Engels el enorme significado que tuvo el Renacimiento. Por ejemplo el ilustre filósofo de nuestro tiempo y Nobel de Literatura, Bertrand Russell, tiene sus reservas sobre el mismo: “El Renacimiento no fue un período de grandes logros en filosofía, pero hizo ciertas cosas, preliminares necesarios para la grandeza del siglo XVII…” (B. Russell. Historia de la Filosofía Occidental. Tomo II, La filosofía Moderna).
Consideramos que no fue un acierto de Russell presentar menguadamente el valor del Renacimiento.
Asimismo Michel Foucault, considerado el filósofo del estructuralismo, en una de sus obras más conocidas, “Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas” (1968), hace sus reparos, sobre todo advierte en las categorías “pre-científicas” o “extra-científicas” del cuadro renacentista del mundo y aproxima –equivocadamente, suponemos nosotros- el Renacimiento con la tradición medieval.
No obstante lo expuesto, reiteramos que el Renacimiento, con sus grandes filósofos, artistas, literatos y científicos, fue un viraje progresista extraordinario, el mayor experimentado por la humanidad hasta ese tiempo, que anunció el ocaso del feudalismo, el surgimiento del capitalismo, el inicio de las ciencias naturales, el inusitado desarrollo de las artes, de las concepciones humanistas, los grandes descubrimientos geográficos, todo ello con el sustento teórico de un original pensamiento filosófico expuesto por lumbreras como Nicolás de Cusa, el genial Leonardo da Vinci, Tomás Campanella, autor de “La ciudad del Sol”, Pico de la Mirándola, uno de los más grandes eruditos de su tiempo, Giulio Cesare Vanini, a quien le amputaron la lengua y le entregaron a las llamas, por escribir ese famoso libro “Sobre los maravillosos secretos de la naturaleza, Reina y Diosa de los mortales”, o Giordano Bruno, igualmente conducido a las hogueras por su intelecto indomable.
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